La Infantería de Marina en la primera línea
Aunque el despliegue del Cuerpo de Infantería de Marina (CIM) se encuadraba en un eje estratégico definido por la planificación de la Armada, que, visualizando la evolución negativa del diferendo por las islas del Beagle tras el veredicto del arbitraje efectuado por la Corona británica, había comenzado a prepararse para la crisis con Argentina temprano en 1977.
Al igual que las unidades a flote de la Escuadra y los medios aéreos basados en tierra de la Aviación Naval, las unidades –que estaban organizadas en torno a una brigada reforzada con asiento en Isla Dawson y unidades menores distribuidas en las puntos costeros y las islas en disputa- las fuerzas del CIM recibían sus órdenes e instrucciones directamente desde la Comandancia en Jefe de esa fuerza y no desde la Comandancia del Teatro de Operaciones Austral.
Sin embargo, las capacidades y flexibilidad propias de esta fuerza de combatientes anfibios habrían permitido su empleo tanto en apoyo de las operaciones navales como de las terrestres, de acuerdo a la evolución de un eventual enfrentamiento.
Oficialmente, al momento de la Crisis del Beagle el CIM disponía de 6.200 hombres, la mayoría de ellos desplegados en la zona austral. Sin embargo, distintas fuentes afirman que, mediante la movilización de reservistas y personal recientemente acogido a retiro así como la postergación del licenciamiento de conscriptos a partir de principios de 1978, el número de efectivos habría subido a entre ocho y diez mil.
Al igual que en el caso del Ejército, hasta antes del embargo aplicado en 1976, la CIM estaba equipada fundamentalmente con material principalmente estadounidense, con la excepción de una decena de carros blindados 4x4 MOWAG Grenadier, dotados de una torreta con ametralladora de 20mm –que también incluía un lanzacohetes doble de 81mm que fue pronto descartado- que equipaban una unidad motorizada de exploración. La información disponible respecto del despliegue de estos vehículos en la zona austral durante la Crisis del Beagle en 1978 es contradictoria. Algunas fuentes afirman que entre 3 y 4 fueron desplegados en Isla Dawson, mientras otras señalan que todos lo Grenadier estaban de baja en ese momento.
Para las operaciones de asalto anfibio el CIM disponía también de 30 blindados anfibios sobre cadenas LVTP-5 de origen estadounidense, lanzados en el mar desde buques del tipo LST, que podían transportar a 35 fusileros además de sus tres tripulantes.
Los elementos de apoyo de fuego a nivel de compañía estaban dotados de morteros de 60mm y 81mm, mientras que a nivel de batallón se disponía de cañones de 105mm para apoyo de fuego y cañones de 40mm para defensa anti-aérea. A medida que la crisis se fue agravando, con un potencial cierto de derivar en un choque bélico, la conformación de la Brigada IM incluyó el despliegue de un número de cañones M114 de 155mm.
El principal medio antitanque del CIM a nivel de batallón eran los 4x4 M38 equipados con un cañón de 105mm sin retroceso, los que eran suplementados a nivel de sección por bazucas M1 estadounidenses. A fin de incrementar el poder de fuego a nivel de sección y compañía, en Septiembre de 1978 se obtuvo desde China un importante suministro de lanzacohetes antitanque portátiles Tipo 69, un arma derivada del famoso RPG-7 ruso. Estos lanzacohetes fueron profusamente distribuidos entre las tropas IM, que se prepararon para usarlas contra todo tipo de blanco.
Las armas habrían sido provistas por las autoridades chinas en condiciones altamente preferenciales, debido a las buenas relaciones que tenían con el gobierno militar chileno en general, pero aún mejores en con la Armada de Chile. Esta última tenía precisamente a un almirante IM retirado como embajador en Beijing, y había incluido una recalada en el país asiático durante el viaje de instrucción de su buque escuela “Esmeralda” en 1976.
Las unidades IM tenían entre 4.500 y 5.500 efectivos distribuidas entre las islas en litigio –Picton, Nueva y Lennox- y la Isla Navarino, donde se reforzaron las defensas con cañones costeros, y otros puntos costeros de importancia marítima en el Canal Beagle. El grueso de la Brigada Anfibia estaba preparado en Isla Dawson.
Dada la naturaleza y causa del eventual enfrentamiento bélico, la compañías reforzadas destacas en las islas en litigio habían sido las primeras en entrar en acción, enfrentando la ofensiva anfibia de las fuerzas argentinas con tropas lanzadas desde el mar y helitransportadas. Los Infantes de Marina prepararon para resistir en esos terrenos mediante un un sistema de tiros y trincheras cerradas, desde donde enfrentarían las eventuales incursiones argentinas, mientras que las playas aptas para un desembarco desde el mar fueron profusamente sembradas con minas anti-personal y antitanque. El comandante del CIM en ese momento, Contra-almirante Sergio Cid, recuerda que "había tanta moral y motivación que el personal estaba ansioso por recibir sus ordenes de actuar".
Algunas informaciones, no confirmadas oficiales dicen que la IM tenía planes de lanzar su brigada anfibia en un asalto sobre Tierra de Fuego y Ushuaia, con el fin de ocupar ésta última localidad y cercar a las fuerzas argentinas en la zona.
Carabineros en el frente de batalla
Pese a ser un organismo paramilitar con funciones principales de orden interno, Carabineros, que contaba con 30.000 efectivos al momento de la crisis, también reforzó su presencia en la zona austral con el despliegue de un refuerzo de 1.500 hombres. Muchos de estos efectivos fueron trasladados apresuradamente desde Santiago, en algunos casos vistiendo sus uniformes de verano, por lo que inicialmente debieron luchar contra el menos cálido clima magallánico. Ya aclimatados y provistos de mejor vestuario, los carabineros movilizados fueron desplegados tácticamente en las cercanías de los faros de Punta Arenas. "Esos carabineros se transformaron en el mejor soldado", recordaba años después el General Nilo Floddy, Comandante de la V división de Ejército a la cual los efectivos policiales fueron asimilados como un regimiento más.
Traslado y Logística Terrestre
El traslado del grueso del personal movilizado a la zona austral, que incluyó a conscriptos o reservistas provenientes de la zona central de Chile, se hizo por medios aéreos y marítimos, en medio de efectivas medidas de discreción que también incluyeron a las columnas terrestres que trasladan unidades de la zona sur a la zona austral. En el caso de estas últimas, al planificar sus rutas se tuvo especial cuidado evitar el paso por grandes centros urbanos.
En el caso de Argentina, queda la impresión de que se buscó dar visibilidad a los aprestos bélicos, quizás con el objetivo de impresionar y amedrentar a los chilenos, con la exhibición del espíritu combativo y la alta moral patriótica de las tropas locales. A los ejercicios de oscurecimiento de ciudades se sumaron traslados que incluían ceremonias públicas de despedida, colectas para financiar la compra de golosinas para los soldados, y el paso por grandes centros urbanos de las columnas y trenes que llevaban tropas a la zona austral.
Un aspecto que generó gran desasosiego entre la población local fue el paso, a plena luz del día y siguiendo la misma ruta de las columnas militares a través de zonas urbanas, de convoyes llevando un número apreciable de ataúdes. Este detalle, que fue informado por medios de prensa a nivel nacional, causo enorme consternación entre la población civil argentina, donde muchos comenzaron a temer y angustiarse por las vidas de sus hijos, hermanos, padres y cónyuges.
La FACh y las aerolíneas nacionales –fundamentalmente LAN CHILE y CODELCO- colaboraron en el traslado de tropas y pertrechos a la zona en conflicto, ocupándose aviones de gran tamaño de diversos modelos, BOEING 707, BOEING 727, LOCKHEED C-130 y DOUGLAS DC-6. Este esfuerzo también incluyo un número importante de aviones de carga de operadores civiles de distinto tamaño, incluidos viejos modelos CURTISS C-46 Commando y DOUGLAS DC-3, fueron “reclutados” para este efecto por la FACh, que les asignó un registro militar "virtual".
Fuentes consultadas reconocen que sólo en el inicio de la concentración y despliegue de tropas en la zona austral hubo algunos problemas de abastecimiento, sobre todo de alimentos, debido a la carencia de preparativos para atender a tal incremento de personal militar. Cada unidad, por regimientos o por batallones, debió solucionar el problema en los primeros días. "Recuerdo que en esa fecha los oficiales contaban con dinero, y suplían parte de las necesidades de sus unidades comprando cosas en el mercado de Punta Arenas," comenta un ex funcionario meteorológico de la DGAC, asignado en esa época al aeropuerto de Chabunco en Punta Arenas. Sin embargo, la situación comenzó a normalizarse en un par de semanas, luego de la estructuración de un sistema centralizado de abastecimientos y logística.
El 21 de diciembre estaban ya planificado los decretos de movilización general. Pero los preparativos se realizaban en Chile en el más estricto de los silencios, a diferencia de los oscurecimientos masivos llevados a cabo en las grandes ciudades argentinas. Sólo el día 20 el general Nilo Floddy se reunió en Punta Arenas con una gran cantidad de habitantes donde recomendó cavar trincheras cerca de las casas, preocuparse de los víveres y tapar las ventanas de las casas en las noches.
El general Floddy resume de una manera certera la situación y el ánimo existente entre las tropas. "La verdad es que siempre se habla mucho de que en números hayamos tenido una inferioridad tan grande en un área determinada. Pero no hay que olvidarse que ellos estaban montando una ofensiva en territorio desconocido. Nosotros nunca pensamos en la cantidad propia de bajas, cosa que sí lo hacían los argentinos, sino que en la victoria final."
Finalmente el enfrentamiento bélico no se concretó, por el bien de los pueblos chileno y argentino, que habrían padecidos tanto los costos inmediatos de ese sangriento episodio como su pesado lastre de odios y desconfianzas a largo plazo. El liderazgo militar argentino, que había tomado la iniciativa al rechazar un arreglo pacífico, generar la crisis y conducirla irremediablemente hacia un choque bélico, en el cual tendría que conducir una ofensiva contra un oponente defensivamente consolidado en su propio territorio, finalmente no pudo ignorar la posibilidad cierta de que sus fuerzas sufrirían fuertes bajas en una ofensiva contra Chile.
El Ejército de Chile se había preparado a conciencia para conjurar sus marcadas desventajas materiales en la dimensión terrestre mediante defensas de naturaleza asimétrica, orientadas a explotar el terreno para dividir, aislar y destruir en forma gradual y escalonada a las fuerzas de su potencial oponente. Como resultado, el asalto sobre territorio chileno prometía tener un costo enorme para las fuerzas argentinas, en términos de pérdidas de material y vidas invaluables, sin garantía alguna de éxito sobre defensores que se habían hecho fuertes en su propia desventaja.
Sin duda, este fue, junto con la decisión de la marina chilena de enviar a su flota a buscar el combate en la madrugada del 22 de Diciembre, uno de los alicientes que condujeron a los líderes militares argentinos a abortar la ofensiva ya movilizada y a aceptar, días después, una mediación papal que habían rechazado pocas semanas antes.
El autor y los editores de Enfoque Estratégico agradecen la valiosa colaboración del periodista e investigador Gonzalo Godoy, quien ha recopilado y sistematizado un importante volumen de información sobre el despliegue de fuerzas terrestres durante la Crisis del Beagle entre Chile y Argentina en 1978. |