Pero las negativas de los personeros de RAND y el gobierno australiano no parecieron suficientes ni a Lockheed Martin (LMA), empresa encargada del desarrollo y futura producción del F-35, ni a la oficina que maneja el proyecto desde el Pentágono. Ambas organizaciones decidieron despachar equipos de representantes al exterior, con la misión de tranquilizar a los distintos países ya involucrados en el proyecto o en vías de involucrarse.
La preocupación de los responsables del Programa JSF es entendible. Conseguir y mantener los pedidos necesarios para asegurar la producción de 368 ejemplares del F-35 entre los años 2012 y 2016 –con una razón de producción de 50 ejemplares anuales en los dos primeros años y subir a 100 ejemplares anuales después- es un objetivo clave y vital. Eso permitirá mantener los beneficios de economía de escala a nivel de precio que hacen atractivo el aparato para los clientes de exportación, y también para conservar el interés de aquello que aún no firman los contratos, con duras cláusulas de castigo financiero para quienes decidan retirarse.
Lo concreto es que el texto del reporte de RAND, que fue presentado oficialmente después, no dice nada siquiera cercana a lo reportado antes por los medios, sino que se concentra en la estudio de las tendencias en la Guerra Aérea. Ello incluye un análisis de la efectividad y viabilidad del despliegue de una fuerza de ciento veinte F-22 Raptors, en un hipotético enfrentamiento bélico con fuerzas chinas sobre las aguas del Estrecho de Taiwán, con alusiones muy tangenciales al F-35 y otros aviones de combate.
La situación tras la publicación del informe de RAND dividió a la audiencia entre los que piensan que lo publicado por la prensa en Australia es simplemente mentira, dirigida a dañar al F-35 y a los intereses estadounidenses; y aquellos que creen que el informe del centro de estudios fue modificado, omitiendo la información inconveniente para el nuevo cazabombardero.
Sin embargo, hay otros informes que también son críticos y pesimistas respecto del futuro del F-35. En uno de ellos, también hecho público en Septiembre pasado, el Centro de Análisis de Northrop Grumman revisó las alternativas disponibles para una capacidad de intervención en el Asia-Pacífico, frente a la posible cancelación del Bombardero de Nueva Generación (NGB).
El estudio indicó que, aún disponiendo del NGB, se necesitarían todavía sesenta y cuatro F-35 como complemento, pero que si el NGB es cancelado se necesitarán ciento cincuenta F-35 para cubrir las necesidades de apoyo de esa intervención. La razón es que, para mantener su condición de furtividad, el F-35 puede llevar sólo dos bombas guiadas almacenadas internamente.
De la misma forma, aunque no incluye criticas contra el F-35, la lectura entre líneas de otro informe, esta vez realizado por la Asociación de la Fuerza Aérea, deja entrever tensiones entre sectores de esa fuerza que privilegian la compra de cazas y cazabombarderos, y otros sectores de la institución que favorecen menos cazas a favor de un mayor número de nuevos bombarderos y vehículos aéreos no tripulados (UAV).
Por su parte, el renombrado analista australiano Carlo Kopp ha respaldado las críticas y temores respecto del F-35, señalando que los aviones de las series Su-30 y 35 son superiores al cazabombardero estadounidense. Como plataformas, su mejor relación peso/empuje y el empleo de toberas vectoriales les confiere una ventaja cinética que implica mayor velocidad, agilidad y maniobrabilidad.
Según Kopp, los sistemas tácticos de más reciente introducción en los aviones rusos -como el radar multi-modo NIIP Irbis E de barrido electrónico (ESA) hibrido- serían igualmente superiores en sus prestaciones a aquellos incorporados por los aparatos occidentales, con excepción del F-22.